Una de las constantes de esta Convención han sido las extremas medidas de seguridad. Es un tema que, no nos engañemos, no le importa a nadie porque a nadie le afecta fuera de los que tenemos que padecerla. Es lógico que entrar y salir de un sitio como este sea muy complicado. Así que, dando por sentado que los controles y la policía por todas partes me parece de lo más normal, aquí van un par de historietas que demuestran que cualquier muralla se puede traspasar cuando uno se da cuenta de que se han dejado la puerta abierta.
Melocotones no, plátanos si. Me lo contaba una compañera que todos los días salía del recinto para intentar comprar comida saludable. Al entrar con una bolsa de fruta el poli del control la paró, inspeccionó los ricos alimentos y la separó los platanos de los melocotones. Mirándolos le dijo: "Estos no pueden entrar, pueden convertirse en un arma" Más estupefacta por el privilegio de los plátanos que por la condena a los melocotones, le pidió qe le dejase llevar sólo uno para comerselo antes de que matase a nadie. "Si lo quieres te lo comes aquí" Así que en medio de un control, nuestra amiga se tragó el postre. Me pregunto si un agente especial la estuvo siguiendo hasta completar la digestión para eliminar cualquier sospecha terrorista.
Han hecho falta estos días hasta siete acreditaciones diferentes para entrar en los sitios. Los más poderosos son los que tenían acceso a todo... o los más listos. Las que daban acceso al patio de butacas de este espectaculo de poder, música y futuro no eran imposibles de conseguir. Un día, charlando con un hispano que se encargaba de repartirlas, me hizo mirar debajo del mantel que cubría la mesa. "Ves, aquí las tengo todas repartidas en montones, nadie lleva el control. La encargada apunta las acreditaciones que entrega en papelitos y luego los pierde así que el control es imposible" ¿Qué pasó? El día del discurso de Obama era fácil ver a chavalines de 13 años con acreditaciones que les convertían en delegados del partido.
Ya hablamos aquí un día de la figura de los runners, esos mensajeros que estaban al servicio de lo que hiciese falta. Eso implicaba una cosa: tenían acceso a todo el recinto, incluído el backstage, las bambalinas, todo, todo. Bien, lo lógico sería pensar que la selección de estos operarios se habría hecho con un mínimo control. Uno me contó que lo único que hizo fue hablar con un amigo, este le habló de trabajo fácil y bien pagado. Llamó, le dijeron que se presentará el jueves, le dieron la camiseta y el salvoconduto. Eso fue todo. No le pidieron ni el carné, ni un chequeo del Servico Secreto, que aquí te lo hacen hasta para ir a hacer la compra. Nada de nada. Nadie registró como se llamaba, nadie sabía que él estaba allí. Era un runner más, con acceso total.