Lo encontré hace unos días en el aeropuerto de Dallas y lo he vuelto a ver en la tienda de juguetes FAO de la Quinta Avenida. ¿Qué me dicen de la última ocurrencia de los caramelitos PEZ? Lo malo que tiene una economía basada hasta el extremo en el consumo es que convierte todo en productos. Lo bueno que tiene el sistema es que, a menudo, ese vicio por vender logra objetos maravillosos. No conformes con convertir a los padres de esta patria en cabezas a las que hay que abrir en canal cada vez que uno quiere refrescar el aliento con un poco de azucar, nos anuncian que la colección no termina con ellos. ¡Todos los Presidentes tendran su pedestal dulce! Y además, para fomentar el ansia coleccionista, nos los irán presentando poco a poco, hasta que la serie se complete con el negro Obama (o/y el mormón), allá por 2015. Sólo digo una cosa. Prefiero unas cuantas de estas pastis a una lección de historia encerrada en un libro. Y que sepan los fanáticos que existe hasta una Convención Anual de los amantes de estos artefactos. Tremendo.




