Con un poco de suerte, Jack Tomei habrá terminado de revisar los campos de maiz a la hora en la que comienza el informativo de la NBC, una de las cadenas de televisión a las que tiene acceso de forma gratuíta. Nunca ha visto CNN, Fox o Comedy Central. El cable es un lujo que, como millones de americanos, no se puede permitir. El bronceado busto parlante de Brian Williams le ha contado hoy que los soldados han arriado por última vez en Bagdad la bandera de Estados Unidos y han dicho adiós a Irak. Imágenes de petates, de escaleras de avión, de abrazos y recibimientos con honores. Jack habrá pensado que su país lo ha vuelto a hacer. Qué no le cuenten historias de derecho internacional, de reuniones de diplomáticos en la exquisita ciudad de Nueva York. Había un tipo que era un tirano, un pueblo que estaba oprimido y un país con petroleo que ponía en peligro a Estados Unidos. El Presidente Bush dijo un día que había que ir a resolver aquello. Y a Jack le pareció entonces, como a millones de americanos, que no había más remedio que ir a la guerra. Una vez más. No le sorprendieron las quejas de los chinos o los rusos o las dudas de los europeos cobardicas. ¡Qué sabrán ellos! Con los años y los muertos la guerra fue de verdad una guerra. Pero hoy, Brian Williams explica que el Presidente Obama está orgulloso de la misión, que en Irak hay ahora democracia y que se pueden hacer negocios con aquel lejano país. Le parece imposible que haya gente que piense que todo ha sido un error. Cuando Jack visita el cementerio del pueblo, junto a las cruces de Normandía, Corea o Vietnam descansan los uniformes que han llegado desde Irak. Jack piensa hoy, como millones de americanos, que su país ha cumplido. Y palpa en las tumbas la historia de los últimos ocho años. Y piensa que Winterset es un pueblo único, porque aquí nació John Wayne. Y siente que su país sigue siendo el centro del mundo.




