La guerra en Afganistán la cuentan los muertos, los pueblos destrozados, los años que pasan y Tim Hetherington. El fue el reportero que rodó Restrepo en el valle de Korengal. Buscando lo que él llama el "lado doméstico" de los soldados, un día empezó a fotografiarles dormidos. Descubrió que las imágenes de sueños, muchas veces plácidos, reflejaban con más fuerza que ninguna otra que la mayoría han sido lanzados a la guerra desde vidas que no han comenzado. Hetherington presentó hace unos días en Washington el montaje que hace con las fotos, en tres pantallas gigantes donde el descanso de los soldados se mezcla con el rodaje de escenas de la guerra. Ganó el World Press Photo en 2007. Su libro Infidel es espectacular y el documental Restrepo, que se estrena a finales de noviembre, fue premio especial del Jurado este año en Sundance.
Dentro del horror de las guerras, del sin sentido, de las muertes gratuítas, de la mediocridad de los políticos... dentro hay también episodios de superación y de humanidad. Puede parecer contradictorio, pero es inevitable pensarlo después de escuchar la historia del Sargento Giunta. Atascado con sus compañeros en una base que es una ratonera en el valle de Korengal de Afganistan, incomunicado con el mundo, asediado por todas partes. Un día en una emboscada los talibanes capturaron a un compañero moribundo. Giunta salió al ataque para recatarle. Lo logró mientras le llovían las balas por todas partes. El sargento tiene hoy 25 años y vive en Italia. Confiesa que cada día que pasó en Korengal se preguntaba que coño hacía ahí su país. Dice que es un soldado mediocre, que no entiende que este martes Obama le conceda la Medalla de Honor del ejército, la primera que se entrega a un soldado vivo desde la guerra de Vietman. El programa 60 minutes le entrevistaba este fin de semana hasta hacerle llorar.
50 años. Ese es el tiempo que hace desde que Kennedy fue elegido Presidente el 8 de noviembre de 1960. Sin redes sociales, sin internet, sin teléfonos moviles, sin globalización... La revista LIFE publica un reportaje de fotos inéditas de aquella campaña. La que está en este post es de West Virginia, uno de los trofeos del demócrata. Territorio minero, pobre, conservador... que en esas elecciones apostó por un jóven católico de buena familia.
Establezcamos que "La prueba de Facebook" consiste en la inesperada aparición en las campañas de los candidatos al Congreso de EEUU de su pasado, sus estravagancias de ratos libres o sus problemas de bipolaridad, conocidos hoy por obra y gracia de las redes sociales. Definido el término concluímos, después de haber hecho un análisis profundo de las 10 candidaturas más bizarras, que los americanos votan con entusiasmo las historias de sexo y perdición y dan la espalda a las locuras ideológicas. Para apoyar este estudio, aquí está cual ha sido el destino de nuestros diez elementos:
1. Aaron Schock. Unas fotos de Facebook que parecían sacadas de Playgirl dieron mucho de que hablar sobre su compostura, el tamaño de sus abdominales, sobre la mujer que estaba detrás de él...Hoy, el congresista más jóven vuelve a su escaño con sus 29 años, con su título de ser "el más hot", y con toallas nuevas para machacarse en el gimnasio del Capitolio cada tarde.
2. Sean Duffy. Salir en "The Real Word" de MTV borracho y vestido con una toga no es impedimento para ser político. Algún día la telerealidad tenía que llegar a los escaños del Congreso. Sean aprovechó el tirón en su momento y los votantes le aplauden con su voto, y muchos, con envidia.
3. Krystal Ball. Cualquier universitario en EEUU sabe que aquí lo normal en una fiesta de viernes es quitarse la ropa, ponerse un gorro de Santa Claus y chupar sin parar un consolador, de talla discreta, que se comparte con los amigos. Ball fue lo que hizo mientras alguien se dedicaba a sacar las fotos que todos vimos durante la campaña. Vale, ¿y? Pues nada. A punto ha estado de viajar al Congreso con su colección de dildos. Quizas era demasiado. Como apunta Lucas, Ball no tuvo suficientes votos.
4. Rich Iott. Se puede ser conservador, simpatizar con el Tea Party. Se puede querer echar a todos los morenos del país, incluyendo a los nativos ennegrecidos con rayos uva para asegurarnos de la pureza de la raza. Lo que no es admisible es vestirse de Nazi las tardes de domingo. El problema no es comulgar con el manual de estilo de las SS. Lo malo para los amigos de Iott es que con su disfraz traicionó a la patria metido en un uniforme extranjero. Fuera.
5. Blake Farenhold Que tiene de malo que te pillen con un pijama de pollitos y cogido a la cintura de una rubia explosiva que no tiene nada que ver con tu mujer. Para los republicanos esto es el pan suyo de cada día. Los votos le llevan al Congreso.
6. Christine O´Donnell. La candidata que no se masturba y condena a los que lo hacen. La que confiesa que jugueteó con la brujería pero luego se presenta como una mujer de misa diaria. La que culpa al Estado de gastar demasiado pero no aclara sus cuentas. Un lío tremendo que, afortunadamente, quedará en el olvido.
7 y 8. Meg Whitman y Carly Fiorina. Sólo les damos las gracias porque nos demuestran que, a veces, sólo a veces, el dinero no compra los votos. Para la historia queda también la carta que HP mandó, suplicando a los californianos que no diesen su voto a su antigua jefa porque había sido nefasta para la empresa. Hicieron caso a los de las fotocopiadoras. Ni Fiorina ni Miss Ebay. A casa.
9. Carl Paladino. Nueva York sigue siendo Nueva York. Menos mal.
10. Pamela Gorman. Casi empezamos la campaña con ella y sus ráfagas de ametralladora en los campos de Arizona. No llegó a superar las primarias de su propio partido. Gordman sigue vagando por el desierto buscando la ruloutte de Breaking Bad para fumarse algo.
Washington es la única gran capital de Estados Unidos sin rascacielos. En una ciudad llena de políticos, la leyenda dice que nada puede estar por encima de la voluntad popular que se representa con la cúpula del Capitolio, y que esa es la razón para limitar la altura de los edificios. La verdad puede no ser tan novelesca. En 1894 se construyó en Washington el primer rascacielos de doce pisos, El Cairo. Los bomberos no tenían manera de llegar hasta los últimos pisos en caso de necesidad así que la ciudad decidió cambiar las ordenanzas municipales prohibiendo casas de mucha altura. Debe ser cierto que también influyó el hecho de que Washington estaba muy orgullosa de su diseño frances y de sus avenidas llenas de árboles en las que el sol pasaba las horas sin sombras invasoras de grandes rascacielos. Ha pasado un siglo y hoy los especuladores inmobiliarios quieren acabar con este embrujo. Con las arcas del ayuntamento al borde de la ruina, uno o dos niveles más en cada edificio nunca vienen mal a la hora de recaudar impuestos. Adornan todo esto con el hecho de que las construcciones son ahora más verdes, con azoteas jardín y fachadas ecológicas... Pocos se inquietan con este intento de cambiar la silueta horizontal de Washington. En un país jóven y con poca historia, las pocas tradiciones centenarias que disfrutan las mantienen como su gran tesoro. Puede que a veces resulten repulsivas. Otras son una delicia.