Cuando se elige Presidente de EEUU debe haber un momento, antes de la toma de posesión, en el que un funcionario del servicio supersecreto que nadie en el mundo conoce se reuna con el nuevo emperador para contarle que serán años duros, que envejecerá rápido y que tendrá que ir pensando en cuál será el país contra el que lanzará la guerra que le corresponde como Presidente. Al final de la charla vendrá una buena noticia. "Sepa usted que cuando todo termine y le dejemos volver a casa tendrá un mes en el que nadie preguntará donde está, podra descansar tranquilo, protegido y pensando lo que quiere hacer en el futuro para ganarse unos millones de dólares". ¿Alguien se acuerda de Bush? Nadie le molesta en su casa de Dallas en la que ha estado reposando tranquilamente preparando su libro y comiendo burritos. Ahora nos enteramos de que dentro de unos días empezará una gira de conferencias por todo el mundo cobrando unos 150.000 dólares por charla (Bill Clinton se lleva 350.000 por abrir la boca). Bush se ha apuntado al mismo club de charlatanes en el que está Aznar o Blair. Incluso Laura, la bibliotecaria, aparece también en la lista de exclusivos oradores. Si algo tiene Estados Unidos es que se mueve a una velocidad de vertigo, así que me pregunto de qué puede hablar un fantasma del pasado como Bush, si no es para pedir a los federales que le pongan bajo custodia hasta que se aclare si debe responder ante los tribunales por los desmanes de ocho años de torpeza política. La tormenta que se acerca puede ser tremenda. Hace unos días supimos que se está investigando al equipo de abogados de la Casa Blanca que decidió que volver a la Edad Media era constitucional. Los que llevan el tema están flipando por la poca base jurídica con la que se justificó la tortura, las escuchas teléfonicas, etc... y quieren cabezas entre rejas. Puede que para Bush el mejor castigo sea el que ya padeció Nixon: vivir mucho para ser consciente de la esquina oscura que le tocará ocupar en esta historieta.




