¡Basta ya de hablar de la nueva era que comienza Obama! Vayamos al grano, a la otra verdad de lo que pasó la mañana del día 20 de enero en la fachada oeste del Capitolio. Si el mundo vió y escuchó al nuevo inquilino de la Casa Blanca es porque un grupo de locos privilegiados estuvieron ahí, a unos metros del líder transmitiéndolo todo. Mientras los focos estaban en el podium la vida seguía en el ¨riser¨, el prácticable de siete pisos en el que estabamos instalados los periodistas. A mi me tocó en el quinto, con el viento del norte azotando en la cara. La gente se mueve, las tablas del andamio se balancean, el de al lado te mete el codo mientras el programa manda que recites lo que está pasando o cuáles son los retos de Obama. Hay accidentes. Una botella de agua congelada que hace tropezar a un fotografo que está a punto de hacer caer todo el castillo de naipes destrozando la emisión del acto para medio universo. El teléfono que se me caé precipicio abajo dando en la cabeza a uno de los agentes del servicio secreto. El suelo ha acabado sembrado de las bolsitas de polvo que desprenden calor. Las hemos tenido que meter en las manos, los pies o incluso algún japonés que estaba a mi lado se las aplicaba en la boca para calentarse el morrito y además limpiarse los mocos. Y así sin poder entrar ni salir desde las seis de la mañana hasta las tres de la tarde. Lo bueno de estar tan cerca es que se pueden apreciar pequeños detalles. Ejemplo, las mantitas azules que les han puesto a algunos invitados para evitar la congelación o la silla de ruedas fea y vieja con la que ha aparecido Dick Cheney en escena. La bufanda morada de Bush padre que le ha hecho parecer más jóven que su hijo. Obama se ha sentado un poco repanchingado los primeros minutos de espera de la ceremonia. A Ted Kennedy le han aplaudido al entrar, a Bush le han abucheado entre el público. Todos han tenido que estar apretados en sillas de tijera metálicas que estaban congeladas. Para que no destrozasen la imagen de armonía el comité organizador las ha unido con las mismas cintas de plástico que la policía usa para apresar a los malos en la calle. Todo eso se veía desde este miniático desde el que hemos visto como cambiaba un poco el mundo.




