Cuando las extremidades abundan en la campaña de un candidato es fácil meter alguna de las patas en sitios equivocados. Primero ha sido uno de los asesores de McCain el que ha pisado barro sugiriendo que su jefe inventó la blackberry, luego ha sido su consejera económica Carly Fiorina la que ha dado un salto en un charco proclamando que ni McCain, ni Palin serían capaces de dirigir una gran empresa (McCain ha pedido a su amiga que se esconda unas semanas hasta que el mundo se olvide de ella). Para rematar el festín el propio candidato suelta que las bases de la economía son sólidas. Los tres resbalones están sacados un poco de quicio por el enemigo demócrata pero, en fin, de eso se trata en campaña, de exagerar un poco, incluso de mentir con tal de que el mensaje llegue a la hora de la cena de las familias (alguien me ha dicho hace poco que las elecciones se deciden en la América rural cuando padres e hijos se sientan a la mesa. Lo que se habla allí nadie lo sabe ni hay ninguna encuesta que lo pueda medir, pero es lo que cuenta). Sólo una cosa parece ya segura, entre meteduras de pata de los políticos y el hundimiento en arenas movedizas de los banqueros, ya nadie se acuerda del pintalabios de Sarah Palin. Se acabó ser la estrella invitada.




