Una cosa fue ver a Palin en la Convención y otra muy distinta comprobar como ha cuajado entre la hinchada republicana. La máquina se ha puesto en marcha a todos los niveles. Curioso ha sido ver este martes como el telonero Fred Thomson dedicaba la mayoría de su discurso a alabar a la nueva estrella, lo mismo ha hecho el mismísimo McCain en el mitín que ha traído a la pareja hasta Washington. Y los suyos le responden. Los mayores aplausos son para ella, los ataques más acidos contra Obama vienen también de ella. ¡Cómo se le ocurre al demócrata decir que aunque la mona se pinte los labios, mona se queda! Le han malinterpretado, de acuerdo, pero debería saber a estas alturas cuáles son las reglas de este juego. El ratón ha caído en la trampa. Por encima de los discursos y los aplausos hay algo que me ha sorprendido mucho más en el mitín: los carteles. Durante todas las Primarias la campaña de McCain ha arrastrado unos carteles pobretones, casi hechos en la fotocopiadora, escasos, sin gracia. Todo ha cambiado. Ayer había miles, sobraban, ya no son de papel, ahora son gruesos, de cartón. Están hechos además de material reciclable para contentar a los más independientes, quién sabe si para atraer a algún Obamaniaco. Se nota que llueve el dinero, mientras empiezan a encenderse luces sobre los problemas de fondos que puede tener Obama en el futuro. McCain aceptó la financiación pública, Obama no, confíado en que las vacas serían siempre gordas. Ahora el republicano duerme tranquilo con la cartera llena mientras el demócrata tiene que dedicar parte de sus esfuerzos a recaudar sin parar dinero para su campaña.




