Algo falla en la historia de Obama. Tanto los halagos como los insultos se están exagerando tanto que puede que esta historia termine al final mal. Por el lado positivo, la Obamanía ha conseguido que la semana que viene se publique el primer libro recopilatorio de términos adaptados que incluyen el original y desconocido apellido. Por el lado del insulto la historia es mucho más asombrosa. Sucedió hace unos días en Washington, mientras yo estaba fuera de la ciudad. El relato es tan excitante que merece la pena recuperarlo. Empieza con un país donde se puede comprar todo y con un loco. Larry Sinclair lleva tiempo aireando que hace unos años se pegó una fiesta enorme con Obama, entonces congresista en Illinois. Asegura que la noche terminó en una limusina entre cocaína, crack y con una mamada que Sinclair le hizo al hoy candidato, sin más detalles sobre duración o tamaño. Con un poco de dinero, Sinclair alquiló el otro día una de las salas del prestigioso National Press Club en Washington y convocó a todos los medios, nacionales y extranjeros, para contar su proeza y retar a Obama a que lo desmienta. Casi nadie le hizo caso. Por el momento. La mamada es la típica historia imposible que alguno de los grupos 527 que trabajan en paralelo a los candidatos volverá a explotar en el futuro para intentar destrozar a Obama (para el recuerdo, lo que estos grupos hicieron en el 2000 con McCain, al que le inventaron que tenía una hija negra nacida de una noche con una prostituta). Nuestra historia de sexo y desengaño termina con la policía entrando en escena. Sinclair estaba en busca y captura por robo. Un bloguero avisó a los agentes de que el ladrón estaba en el National Press Club así que una patrulla se presentó allí, le esposaron y se lo llevaron detenido. Algo más, Sinclair se sometió a un polígrafo para demostrar que su boca había probado carne ajena. El polígrafo dice que Sinclair...miente.




