Con los ojos cerrados, el Cementerio de Arlington es un lugar perfecto. Una pradera inmensa en Washington, sin ruidos de ciudad. Sólo se escuchan los árboles, los pájaros y poco más. Casi no hay vigilancia, ni carteles de no pisar el cesped. Es posible tumbarse sin que aparezcan carros con perritos calientes, y estar horas solo. Todo esto con los ojos cerrados. Si se abren, la cosa cambia. En las lomas aparecen amenazantes los símbolos del poder de este país. A un lado un trozo del Pentagono, al otro el obélisco masón, monumento a Washington, a lo lejos la cúpula del Capitolio. Y en gran parte de esta inmensa pradera, pequeñas lápìdas blancas. Todos los soldados que mueren en combate tienen derecho a ser enterrados en Arlington. En los últimos años han sido muchos. Proyecto Arlington intenta recuperar las historias que se esconden detrás del las lápidas frescas de los caídos en Irak. Una colección de imágenes que se inició con este blog hace una semana y a la que se incorporan ahora otra veintena de historias.





