
Lo han vuelto a hacer. La maestría para dominar el escenario
corresponde al Partido Demócrata. Además de la retórica, de saber
caminar mejor por una tarima, además del latino Julián Castro
o de Gabrielle Giffords, además de los Foo Fighters, hay un elemento
esencial que distingue a los Burros de los Elefantes. Los demócratas
miman a sus apellidos legendarios mientras los republicanos se olvidan
de los suyos.
La presencia de las grandes sagas en las Convenciones funciona como
un mensaje subliminal que impregna todo el espectáculo. Donde los
demócratas ponen la elegancia, la inteligencia y el glamour de un
anuncio de colonia, los republicanos nos colocan una teletienda.
Desde 1956 la magia de la palabra Kennedy estaba garantizada con la
participación de Ted. Esta vez ha regresado de la tumba para recordarnos
a través de un vídeo que Mitt Romney es un chaquetero que hace años
apoyaba el aborto. Al León del Senado le han acompañado Caroline y el
joven Joe, nieto de Robert. ¿Quién no quiere ser un Kennedy? Sus rizos,
sus jerséis de lana o sus salidas en barco por la Costa Este siguen
siendo la mejor marca vintage de los demócratas.
El Partido Republicano se parece más a una gran empresa antipática,
donde sus altos ejecutivos se despiden cobrando una pasta y se olvidan
de los compañeros. Lo cierto es que tienen una familia ilustre que
acumula más poder y dinero que los Kennedy y con un apellido igual de
sonoro: Bush. Sin embargo, su presencia en la Convención de este año,
como en la de 2008, ha sido a través de un pobre vídeo de apoyo a Mitt
Romney. Al hijo nadie le quiere cerca. Al padre sólo le escuchamos
balbucear. Es cierto que el hombre es anciano pero recuerden que Ted
Kennedy rugió hace cuatro años un discurso magistral cuando estaba a
punto de morir. Sólo Jeb Bush, el más inteligente, ha podido hablar unos
minutos con el permiso del Tea Party.
El apellido se convierte en leyenda si se trabaja a diario. Los Bush
no lo han hecho. Del hijo que remató a Sadam Hussein sólo sabemos que de
vez en cuando se cae de la bici.
Del padre que le dejó escapar vivo tuvimos noticia cuando se arrimó a
Bill Clinton para apoyar a las víctimas del tsunami de Indonesia. Hasta
entonces, el viejo Bush era recordado por la promesa incumplida que le
costó la Presidencia de "No más IVA"... ¡uy perdón!, el grito fue... "No
más impuestos". Con estas cosas es complicado presentar a la pareja
como estrellas de una Convención.
Clinton es el caso opuesto, la palabra mágica, el genio de la
lámpara. El presidente moderno, pillo, cercano. Ejemplo de lo que hay
que hacer para dejar huella. Se ha dedicado a leer y hablar con gente
interesante después de mudarse de la Casa Blanca, así que puede improvisar discursos que incluyen datos
y nos enseñan cosas sin ser un pelma. Es lo que ha hecho esta semana.
Un político de otro mundo que no es el nuestro. La gran diferencia de
los Clinton con los Kennedy es que los de Massachussets han procreado
como locos gente guapa y lista, lo que les convierte en una saga
interminable. De Clinton nos queda Hillary, que no es poco. El resto de
la familia es un absoluto desastre de la peor América profunda.
Mitt Romney podría haber llenado su Convención con el mayor aplauso
imaginable de una forma sencilla. Invitando a la que es oficialmente
Gran Dama del Partido Republicano, la viuda del héroe de todos, la mujer
que ayudó a derrotar al Comunismo. Una ovación a Nancy Reagan en Tampa
habría bastado para cerrar una Convención entrañable. Pero no. Ni
siquiera ella es suficientemente pura para muchos republicanos. Mitt prefirió el monólogo de un viejo vaquero a una silla vacía.
El punto de las Convenciones se lo llevan los demócratas. Muchos
republicanos habrán disfrutado con estos cuatro días de fiesta en
Charlotte. Mitt Romney lo debe saber.
(Lo puedes leer también en El Huffington Post)